Cheikh Anta Diop rescató para mi la dignidad cuestionada.
Quince Duncan,
Doctor Honoris Causa de la Universidad de Costa Rica.
No me cabe la menor duda, que a lo ancho y largo del mundo hoy, mucho se ha escrito y se está escribiendo sobre este gigante de la civilización universal. Me limitaré a comentar, de manera breve, el impacto que tuvo en el suscrito.
En una clase de historia, allá por los años 70, un profesor nos explicó que los antiguos egipcios fueron de raza blanca. Otro, recurriendo a Hegel, quiso hacernos ver que los africanos eran bárbaros, salvajes, que no habían contribuido en nada al desarrollo de la civilización.
Ese aserto, ya para entonces, iba a contrapelo de mis propias investigaciones. Pero aquellos postulados, hechos dogma, los apoyaban grandes doctores, grandes especialistas, que sostenían la imposibilidad de que una nación negra fuese capaz de las grandes proezas constatadas en la cultura egipcia.
En aquel momento, yo no sabía que desde el año 1951 un senegalés había desafiado con su tesis doctoral Naciones negras y cultura en la Universidad de París, al poderoso y racista establishment de antropólogos y arqueólogos. La tesis fue rechazada, exigiéndole a Diop reformularla. Eso implicó que su doctorado recién le fue otorgado en 1960.
A raíz del simposio de la UNESCO en el año 1974, realizado en El Cairo, junto al congoleño Theophile Obenga, nos llegaron las brisas de la intelectualidad africana. Diop defendió sin ambages que el antiguo Egipto era negro. Para entonces, se había convertido en un respetable historiador, antropólogo, físico nuclear y militante panafricanista. En ese evento, agregó una técnica de laboratorio que permitía medir niveles de melanina en restos humanos, técnica aplicable incluso a las momias.
Pero para mí, su obra más contundente es Civilización o Barbarie, libro con el cual descubro la trascendencia de Diop. Un libro que aporta las evidencias, que echa por tierra a los estudiosos europeos, quienes, desde Hegel, habían sacado a los africanos del curso de la historia humana. Pero no solo reivindicó la civilización africana, con lo cual desarticuló el mito del Egipto blanco, sino que demostró la influencia del Egipto negro sobre la cultura Europa.
La lectura del libro, fundamentado, me devolvió la dignidad cuestionada. La exposición del desarrollo científico del Egipto antiguo, su geometría, su matemática, sus conocimientos medicinales, tiene tal nivel de documentación, que hizo recular a más de un zar de la antropología. Pero, además, nos recordó que los grandes pensadores griegos como Heródoto, Diodoro o Pitágoras estudiaron en Egipto. Incluso por él sabemos que el famoso teoremas de Pitágoras había sido resuelto en Egipto cientos de años antes del nacimiento del griego.
A pesar de los intentos, nadie ha podido refutar las tesis fundamentales de Diop. Algunas han sido ajustadas a la luz de nuevas investigaciones. Pero todas sus tesis fundamentales permanecen. Como estudioso de la cultura afro y del racismo, me sumo a esta efeméride con gratitud.



